jueves, 1 de julio de 2010

ABANDONADOS


Durante un largo tiempo y particularmente en este último, me “azotan” ideas que se impregnan en mis pensamientos y dan vida a la más profunda sensación de abandono. De continuo percibo que nuestra época es tocada por una serie de hechos “accidentales”, pero con un claro perfil apocalíptico. Hay en el ambiente un perfume a soledad metafísica, aun más, hay una experiencia de abandono generalizada.
Esta soledad cotidiana no es más que la ausencia de Dios, quien nos ha abandonado. ¿Cómo no fuimos capaces de leer los “signos” de los tiempos? O sencillamente nos olvidamos de nuestro “Protector”. Es esta fuga, esta partida del administrador, el forjador, y el Omnisciente la que gatilla en nosotros la sensación de abandono.
La experiencia humana (creatura) reclama un fundamento (creador) más allá de nuestra propia imaginación. ¿Pero ha sido Él quien ha partido? ¿Hemos sido nosotros quien borramos todo vestigio del fundamento de todo? O sencillamente nunca existió tal fundamento de todo cuanto existe. ¿Cómo saberlo?
La experiencia del abandono no solamente involucra el carácter religioso, sino más bien es una condición anímica que nos invade a todos. Muertes por doquier en las más diversas circunstancias: terremotos acompañados de maremotos, accidentes aéreos, asesinatos en serie, hambrunas aquí y allá en fin, la lista es extensa. Si bien es cierto que durante toda la historia de la humanidad se repiten este tipo de experiencias no es menos cierto que hoy, somos espectadores privilegiados de los “caprichos” de la naturaleza que cada vez que puede se ensaña con nuestra frágil condición; Tornados, granizos descomunales, inundaciones, terremotos, maremotos, guerras, derrames de petróleo, epidemias, en fin…Los jinetes del apocalipsis.
Es esta sensación de abandono, que nos enrostra la precariedad de la convivencia humana, frente al absoluto y poderoso sentir de la naturaleza y del propio cosmos.
Nos hemos acostumbrado al abandono en todas sus formas; nuestros padres mueren, pero nos convencen, diciéndonos que es parte de la lógica de la vida, pero que en un más allá volveremos a verlos. Las casas se caen, pero nos dicen que lo material no importa, que volvamos a levantar nuestra casa y así suman y siguen. El asunto es claro: estamos “arrojados” a un mundo abandonado a su propia suerte.
Frente al abandono se puede optar entre la apatía y la desesperación. Entre la negación y la aceptación. Pero, ¿Qué significa estar abandonado? Se dice de algo que se encuentra descuidado o desatendido; se dice de tantas maneras posibles, que la experiencia de abandono es soledad pura, impregnada de miedos, pero también de posibilidades.
Nunca como hoy los narcóticos son tan útiles como necesarios. Ellos, adormecedores de la realidad hacen posible que la conciencia quede relegada a la nulidad del estímulo epocal. Aquí ya no importa la conciencia del desastre, sino más bien el ¡que Terrible!, pero sin entrar en el porqué de tanto castigo. Y lo que es peor, aquellos que se expresan: ¡Dios nos pone estas pruebas!, ¡así lo quiere la voluntad divina!, ¡No somos nada!
La experiencia del miedo es asombrosa; particularmente porque nos enfrenta con lo absoluto y lo incierto. Con lo desconocido y atemorizante, pero ¿es el abandono una consecuencia de la racionalización del miedo? Al parecer cada vez que la “madre” naturaleza se nos presenta, principalmente en nuestro estado de somnolencia y olvido, nos acordamos del amparo, del protector. Sí… Increíble… sin respuesta…
La naturaleza de tanto en tanto se encarga de enrostrarnos lo poco que somos ante ella. Nuestra osadía; la de creernos poseedores de la Physis, ella nos ha mostrado de que está constituida y nosotros hemos respondido con miedo y silencio.
En lo contingente del devenir de la vida, las noticias no son alentadoras…se ve por doquier las manifestaciones telúricas por los más diversos rincones del globo. Ya no hay sorpresa, no hay asombro frente a las noticias que corren por todos lados, la gente teme. Ellos también están en las tierras del abandono. Sintiendo la ausencia, la falta de amparo, en fin…
Abandonados, despreciados y olvidados por los dioses. Ellos, ajenos a la desesperanza, lejanos a nuestro dolor. Beben y se emborrachan con nuestros sufrimientos. Nosotros ávidos de respuestas mágicas y celestiales no comprendemos falta, el olvido, el abandono.
Ultrajados de sentido, violados en lo espiritual sin el recurso de lo trascendente y como payasos en medio de un funeral. Así nos hemos quedado, como aficionados de la creencia e inventores de juegos expiatorios.
En este inestable paraíso de incertidumbres, nos llegan noticias tan insólitas como preocupantes: “Científicos iniciaron la investigación del cráter que apareció en la capital el pasado sábado. El cráter tiene unos 30 metros de profundidad y 20 de diámetro. Se tragó un edificio de tres plantas en el que funcionaba una fábrica de ropa. No se reportaron muertos ni heridos”[i].
Si Dios se había marchado a su casa, de vacaciones, de días administratorios o simplemente ya se aburrió de nosotros. Es una buena oportunidad para que acontezca el trabajo de reconstrucción del propio ser humano. Si no es así, solo nos resta esperar; el fin de los tiempos, la profecía Maya y otros tantos anuncios hachos a lo largo de la historia humana, acerca del final.
Esta es una mirada, en medio de muchas miradas. Al parecer las cartas están lanzadas a la mesa, solo resta esperar sin la esperanza o con ella. Como a cada quien le parezca mejor. “Sigan mirando, manténganse despiertos, porque no saben cuándo es el tiempo señalado”[ii]. ¡Cierto, pero seguimos abandonados!
[i] Día a Día.Com.Ar.
[ii] Evangelio de Marcos.